Ese pasado agazapado
Pedro José Zepeda
El pasado no se pierde; siempre está allí, agazapado. Sólo a veces, cuando algo rasga la tela del presente en que vivimos: una fotografía, una carta, un lugar, algún sabor o aroma, ese pasado se abalanza sorpresivamente sobre nosotros con toda su fuerza y contundencia, dejándonos ver, por unos instantes, aquello que ya no es.
Así le pasó a Andrés cuando, después de medio siglo, se encontró y leyó unos cuadernos que había escrito en su juventud. Tuvo entonces que aceptar un desconcertante desencuentro entre un joven Andrés, que al momento en que los escribió no sabía nada de lo que pasó después, y él, el viejo Andrés, que, sabiendo lo que ocurrió después, sólo recordaba ya, muy vagamente, fragmentos desordenados y deformados de lo que ocurrió antes.
De eso trata esta historia, en la que el joven que inicia la narración, y sólo se responsabiliza por aquello que ha vivido, se muestra sorprendido por sus propios logros -extravagantes, sí-, pero finalmente se las ingenia para salir a flote cada vez que lo revuelca una sucesión continua de marejadas y remolinos.
¿Es el Andrés que epiloga la narración quien está creando al Andrés joven, o es aquel el producto de las acciones y omisiones de este último? ¿Puede el pasado tomar el control del presente?
¿Tuvo sentido cerrar los ojos, arriesgarse y tirarse al mar?
¿Tuvo sentido sobrevivir?

